Actualizado: feb 13

Cuando cumplí 23 años, mi sueño de visitar Nueva York se hizo realidad; la oportunidad de trabajar como Au Pair en el norte del estado de Nueva York por un año llegó a mi vida.

Mis expectativas con respecto al programa y la gran experiencia de vivir allí eran enormes: estaba lista para hacer amigos de todas partes del mundo, mejorar mi inglés, conocer cada rincón de la ciudad de Nueva York e incluso permitir que esta experiencia me cambiara a mí misma. Este ha sido quizás el mejor año de mi vida, lleno de aventuras y experiencias enriquecedoras que guardo en mi memoria y en mi corazón y no ha pasado un día desde que regresé a Colombia en el que no haya recordado algo de esa increíble aventura. Siento que no puedo esperar para regresar.

Antes de viajar, siempre supe que mi país era reconocido internacionalmente por sus características negativas, especialmente en los Estados Unidos, y escuché historias de familiares y amigos que se habían enfrentado a situaciones humillantes solo por su nacionalidad, pero no pensé que también me ocurriría a mí en pleno siglo XXI, momento histórico en el que se supone hemos reconstruido la sociedad para el progreso, hemos alzado nuestras voces para derribar la injusticia y hemos adoptado valores como diversidad, humildad y compasión.

Aterricé en Nueva York en enero del 2019; era el día más frío del año y había nevado unos días antes. Después de acostumbrarme a mi familia anfitriona, mi trabajo y mi vecindario, me tomó algunas semanas sentirme lista para salir a explorar sola. En poco tiempo, comencé a hacer amigos de Alemania, España, Brasil, Ecuador, México, Hungría y mi mejor amiga Courtney de Sudáfrica. Todos me estaban enseñando algo pequeño y especial de su propia cultura y yo, siempre estaba aprendiendo sobre ellos, entendiendo su mundo y abriendo mi mente para hacerle espacio a su nacionalidad y a sus costumbres personales. Cuán agradecida y feliz me sentí al construir estas amistades, y cuán especiales se volvieron esas relaciones a través de mi estadía en Nueva York. Sin embargo, cuando me relacionaba con los estadounidenses, a menudo recibía una respuesta discriminativa, nada semejante a lo que estaba acostumbrada con mis amigos de otras nacionalidades.

Cuando los estadounidenses notaron mi acento, me preguntaron acerca de mi nacionalidad, y después de responder, quedaron impresionados porque no esperaban que una colombiana hablara inglés fluidamente. A menudo, mencionaron a Pablo Escobar, el narcotraficante más grande en la historia de Colombia, y dijeron cosas como "Te debe gustar la cocaína, ¿verdad?"

Hubo situaciones en las que sentí que debía explicarme a mí misma como persona y educar a la gente solo por la mala reputación de mi país y su bajo conocimiento sobre nosotros.

Además, sentí que el hecho de ser una mujer colombiana me sexualizaba y traía consigo una capa adicional de discriminación.

Recuerdo que uno de mis amigos húngaros-estadounidenses vino a Colombia de vacaciones mientras yo estaba en Nueva York, y su madre estaba preocupada a raíz de todo lo que había escuchado acerca de mi país, de hecho, me preguntó un par de veces si era un lugar seguro para él. Lo que sucede es que personas como ella aprendieron sobre Colombia a través de periódicos y canales de TV internacionales en los años 80 y 90 cuando todo sobre Colombia estaba relacionado con guerrillas, como las FARC y el ELN (grupos armados ilegales), el narcotráfico, la corrupción y los secuestros de periodistas internacionales. Luego, en el siglo XXI, las cadenas de televisión e incluso Netflix comenzaron a crear programas y telenovelas relacionadas con las partes negativas de nuestra historia, como "Narcos" y "El Cartel de los Sapos," difundiendo estereotipos sobre los colombianos y sobre Colombia en todo el mundo.

Los medios de comunicación tienen un problema grave si pensamos en la construcción de estereotipos y normas erróneas que aprendemos e internalizamos por medio del contenido que crean y comparten. Cuánta educación se necesita en estos espacios y cuán importante es preguntarnos constantemente si vale la pena creer todo lo que vemos; cuántas películas y series vi en algún momento de mi vida que me enseñaron que todas las mujeres musulmanas deben ser sumisas, adaptarse a restricciones extremas y no luchar por sus derechos o alzar su voz para reclamar su poder. Por ejemplo, Nadia es uno de los personajes principales de "Élite," una serie producida y filmada por Netflix en España; es una adolescente musulmana que asiste a una prestigiosa escuela gracias a una beca. En esta escena se puede ver cuán islamofóbica es esta serie y cuán notables son los paradigmas y estereotipos que difunde sobre ser una mujer musulmana. Es impactante pensar que este programa está en casi todas las listas de las mejores series de Netflix en español y es el tipo de programa que los adolescentes de toda América Latina están viendo ahora, lo que refuerza estos conceptos erróneos y promueve la islamofobia de género.

El mismo fenómeno ocurre en las series y películas sobre Colombia, casi todas sobre narcotráfico, drogas y violencia. Es allí donde también encuentro fallas en los procesos de producción de estas series y películas y especialmente en los productores, cuyo propósito como creadores visuales y portadores de voz debería enfatizarse en la importancia y la necesidad de educar a las personas y promover el deseo de aprender en lugar de ampliar vacíos culturales y acentuar la desinformación que ya tenemos que enfrentar. En esta escena de “Narcos” se puede ver cómo los colombianos estamos siendo representados por Pablo Escobar y cómo se explota y dramatiza la violencia de su cartel con fines de entretenimiento; de la misma manera que los adolescentes latinoamericanos están internalizando una narrativa negativa sobre las mujeres musulmanas a través de series como “Élite,” el público estadounidense ha estado consumiendo imágenes e ideas estereotípicas y erróneas de los colombianos.

A medida que avanzaba mi estadía en Nueva York, un par de las relaciones que comencé a construir con algunos estadounidenses se convirtieron en algo especial y significativo, y fue entonces cuando tuve la oportunidad de hablar sobre mi país de manera adecuada. Recuerdo haber mencionado que somos el segundo país con mayor biodiversidad del mundo, después de Brasil. En 2016, Colombia firmó un Acuerdo de Paz muy importante, hito histórico que nos permitió creer y aumentar nuestra fe en el cambio al ver cómo cesaba el conflicto armado. Gabriel García Márquez, escritor colombiano, ganó el Premio Nobel de literatura en 1982 y es uno de los más grandes representantes del realismo mágico, una tendencia artística y literaria. Y que en los últimos años, periódicos internacionales como The New York Times y BBC News han estado hablando sobre el empoderamiento de las mujeres colombianas y cómo estamos a punto de lograr hitos en la equidad de género para nuestro país.

Entonces, entendí que una de las mejores maneras de aprender sobre una cultura o una religión es a través de una persona, una amistad, una relación directa con alguien que es diferente a ti y te invita a conocerla. Me sucedió cuando no sabía nada sobre Sudáfrica y luego mi amistad con alguien de allí me enseñó mucho sobre el país y su cultura, y luego, volvió a suceder cuando me convertí en parte del equipo RISE. Todos esos paradigmas y estereotipos sobre ser una mujer musulmana que aprendí se convirtieron en orgullo, amor y admiración para mis compañeras de trabajo y amigas musulmanas. Después de verme reflejada en ellas, sabiendo que también se enfrentan a la discriminación, trato de educar a mi comunidad sobre las mujeres musulmanas mientras aprendo de ellas y amo el hecho de pertenecer a este equipo y apoyar a mujeres tan increíbles.

Porque mientras me preguntaban sobre drogas, a las mujeres musulmanas les preguntaban sobre terrorismo; mientras me preguntaban sobre mi color de piel, a ellas les preguntaban sobre sus hijabs; mientras me preguntaban sobre Pablo Escobar, a ellas les preguntaban sobre ISIS.

También me siento muy feliz y orgullosa de nuestro trabajo y el cambio que estamos generando en nuestras comunidades porque muestra la fuerza de nuestras convicciones y nuestro deseo de unirnos para luchar contra la injusticia. Aunque la xenofobia que experimentan las mujeres musulmanas no tiene la misma base que la mía, reconozco el dolor, la fatiga y la indignación que proviene del racismo, la misoginia y la masculinidad tóxica. Hay una hermandad entre nosotras y se trata de cómo todas siendo mujeres, nos defendemos.

Desde ese primer día nevado en la ciudad de Nueva York, he mantenido mis raíces y mis convicciones en mi corazón; hacer amigos, explorar la ciudad y ahora, unirme al equipo RISE desde mi hogar en Colombia, me ha permitido desarrollar una nueva definición de lo que significa ser hermanas. Esta es una batalla que luchamos juntas porque nuestras luchas están relacionadas y conectadas, trascendiendo naciones y fronteras.

Camila Guzmán



Era un día cualquiera de la primera semana del mes de Julio de 2020 - perdón por la imprecisión; pero si normalmente no sé en qué día estoy, imagínense en cuarentena. Cata Parra escribió un mensaje al grupo de las gerentes de canal de Amarilla. “Amigas, ¡tengo algo que contarles!, nos están proponiendo escribir un libro + emojis de emoción”. Mi corazón se empezó a revolucionar como le pasa normalmente con todas las cosas que lo emocionan, mis ojos se abrieron para verificar que lo que leía era cierto y mi mente muy cautelosa pero ilusionada, confirmó inmediatamente una cita con Ana, la persona que durante los últimos meses ha sido una auténtica dream maker para nosotras y cada una de las mujeres con las que compartimos las páginas de nuestro primer libro.



Me parece que fue un sábado cuando nos reunimos con Ana y con todo el equipo. No puedo omitir el derroche de stickers que antecedió este evento, ninguna de nosotras se podía creer lo que estaba a punto de suceder. ¿Escribir un libro?¿Juntas?. ¡WOW!. Eso era demasiado. Definitivamente no estaba en nuestros planes ni en el plan de proyección que habíamos pensado para este año, pero tal como dice Benjamín Prado, uno de mis poetas favoritos:


“Si un sueño te tiene, hazte realidad” y así fue… este sueño nos tuvo y aquí está “Tengo algo que contarte”, ¡nos hicimos realidad!

Bueno, sigo con la historia. Ese sábado, después de un desayuno en familia y un café doble, como me gusta para empezar el día, tuvimos la reunión que revolucionó nuestros planes para los próximos meses. Ana nos contó sobre este proyecto, cómo se había enterado de nosotras, por qué quería que hiciéramos parte de él y quiénes serían las otras mujeres que nos acompañarían. A algunas ya las conocíamos y a otras no. Ese día, confieso que, a todas las stalkeamos. La verdad no fue necesario conocernos personalmente, porque en pocos clics nos logró cautivar la dulzura y el testimonio de MariaLu, la valentía de Lina y la autenticidad de Sylvana. Reafirmamos nuestro cariño y admiración por Kamy y aunque María Alejandra no estaba aún confirmada, nos llenaba de ilusión compartir con ella este sueño que llegó a nuestras vidas cuando menos lo esperábamos.


Ana terminó de contarnos y nuestras sonrisas a través de una pantalla fueron más que claras: ¡sí, sí y sí! We are in!

A partir de ese día empezaron las reuniones, las lluvias de ideas, los bloqueos mentales, los arrebatos místicos de inspiración e innumerables momentos de introspección, reflexión y, sobre todo, gratitud. Nos pusimos fechas: primera, segunda y tercera entrega. Unas más juiciosas que otras cumplieron con puntualidad. Las que nos tardamos más en cumplir con las fechas de las entregas, gastamos en páginas adicionales un valor directamente proporcional a los días que nos pasamos del deadline. Y aquí es cuando Cata Parra con su paciencia de hierro, empezó a ganarse el cielo con nosotras. - “Amigas, por favor recuerden que no se pueden exceder de x número de páginas…” - Catica, ya lo acorté lo más que pude, todo es importante, no sé qué más quitar. -

Esta secuencia, una y otra vez.


Finalmente, ¡lo logramos! Nuestro capítulo ya cumplía con el número de páginas requerido y todas habíamos quedado satisfechas con lo que habíamos compartido. Ya estábamos cerca de la versión final del documento que duró unos cuantos meses en los enlaces favoritos de nuestros computadores. A pesar de saber de primera mano la historia de cada una de mis amigas, mis Amarillas, leí sus apartados una vez más. Aunque en esa ocasión fue diferente, a medida que leía, recordaba los momentos que narraban, en algunas páginas me era imposible contener las carcajadas y en otras las lágrimas. Sí, me fue imposible evitar que las lágrimas de nostalgia, alegría y agradecimiento se escurrieran por mis mejillas. Leer cada una de sus historias y ver la forma maravillosa en la que el Amor ha tocado sus vidas, no dejaba de sorprenderme. Conocer a cada una de las mujeres que escribieron esas historias hace varios años y ver en quienes se han convertido, es uno de los regalos más grandes que me ha dado Amarilla. Leerlas me hace admirarlas, quererlas, sentirme cada vez más afortunada y agradecida de poder compartir mi vida con ellas. La certeza de que estos años trabajando juntas quizás no ha transformado el mundo entero, pero sí nuestro propio mundo es la mayor de las recompensas. Es la muestra de que en la vida, cosas increíbles como esta suceden cuando nos atrevemos a vivir en el Amor y nos dedicamos a Amar y ya.


No te pierdas las historias que cada una de nosotras tiene que contarte, porque ¡nosotras también lo vivimos!

Agradecimientos especiales para Kamy Oviedo, que pensó en nosotras para compartir juntas este sueño. A Ana, nuestra editora, por su paciencia, amor y entrega desde el día número uno. A Lau, nuestra ilustradora, por dejar el corazón en cada página, a Élite Entretenimiento, a Avión de Papel y a el Amor, que nos ha traído hasta donde estamos hoy.


Gabriela Gómez Santamaría.

Fundadora y CEO de Amarilla.



¡Quiero comprar el libro!




Actualizado: 10 de sep de 2020


Perdonar es un reto. En mi experiencia, la voluntad de perdonar, pedir perdón y perdonarme a mí misma va de la mano con mi proceso de amor propio. Digo voluntad, porque es una decisión que tomo conscientemente sin negar el conflicto interno que inevitablemente genera.


Trabajar en el perdón se vuelve prioridad cuando soy consciente de que, aunque yo no soy mis experiencias de dolor, estas hacen parte fundamental de mi identidad y tienen el poder de quitarme o devolverme la paz. Esa, que en un principio, no debería ser negociable.

Empecemos por normalizar las heridas, el dolor, los finales, los corazones rotos y los duelos. Es parte de la naturaleza humana y su evolución atravesar tragedias una y otra vez que nos hacen sentir tanta rabia hasta llorar y que nos quitan las ganas de pararnos de la cama. No solamente nos pasa a ti y a mí. ¡Y menos mal! Menos mal que existen personas y situaciones que nos sacuden y desacomodan tanto que nos hacen despertar y que logran dar tantas vueltas en nuestra cabeza hasta hacernos aprender.

Si bien hay diferentes tipos de perdón según de dónde nacen y hacia donde van, con frecuencia nos blindamos contra la vulnerabilidad y la responsabilidad que representa tomar esa decisión, siéndole fiel a la creencia impuesta de “entre más fuerte mejor”.

Pero la verdad, es que la vida solo se vuelve más llevadera en el momento en que decidimos, no sólo ser consciente de nuestras heridas, si no dejarlas ir. Claro, no sin antes aprender lo que vinieron a enseñarnos.

En mi sentir, el primer paso y el más importante es perdonarnos a nosotras mismas.

Si bien el proceso de descubrimiento y reconocimiento de nuestras heridas es lento, e incluye idas y venidas. Podemos empezar implementando prácticas y hábitos de amor y auto compasión, para lo que va a ser fundamental cambiar el diálogo interno que hemos tenido hasta el momento y entender no solo, que es natural errar, si no que lo voy a seguir haciendo durante toda mi vida y seguiré teniendo el mismo valor. Es natural ser incoherente y fallarme a mí misma en ocasiones y contrario a lo que pensamos, esto solo nos da más herramientas de amor y aprendizaje, si así lo decidimos.


Ahora, cuando cometemos un error y reconocemos que le hemos causado daño a alguien más, intencionalmente o no. Incluso en ese momento, es difícil imaginarnos qué tanto impacto pudimos haber tenido en esa persona. Es por esto que es importante ser consciente y responsable de cada acto y discurso que compartimos con el mundo. Sin embargo, exponernos en nuestra versión más vulnerable es un reto para el ego que la mayoría de veces cuesta asumir. Pero recuerda que entre más grande es el reto, mayor es la recompensa


Por último, cuando se trata de perdonar a alguien más, habrá que aplicar lo anterior al proceso interno de cada persona, que en tantas ocasiones solemos ignorar. Reconocer que cada persona hizo en su momento lo que pudo, con las herramientas que tenía, no es tarea fácil. Y menos, cuando nos invade la tristeza, la rabia y la cantidad de sentimientos que podríamos catalogar como “negativos”. Comparamos sus formas de actuar y hablar con nuestros saberes y nos imaginamos mil escenarios que pudieron haber sido perfectos. Hacer las paces con esa o esas personas que tienen en nosotras tanto impacto emocional y que, probablemente ya tienes en mente, significa reconocerlos como maestros, que aunque suene cliché, vienen a mostrarnos partes de nosotros por descubrir o dejar de ignorar. Recuerda que la vida te pondrá las mismas lección es en diferentes tiempos, caras y situaciones, hasta que las aprendas… y pases a la siguiente lección.


Después de haber dicho tanto, puedo concluir que para mí, el perdón significar dejar ir, permitirle al alma ser más ligera y dejarla fluir. Es un proceso lento y no necesariamente fácil, de soltar situaciones, ideas y personas que sólo llegan a enseñarnos de nosotras mismas, del amor, y de la vida. No pretendo que suene más fácil de lo que es. Pretendo que lo veas con lentes de compasión y paciencia, abraces y agradezcas, porque sí, porque no, por si acaso.


Laura Forero

@lauraforero



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