top of page

Cita #3: ¿Cómo es la vida que quieres vivir?

Es media mañana de un sábado soleado al que le quedan pocas horas de sol. Las nubes de Bogotá hace ya unas semanas, están sistemáticamente programadas sobre la una de la tarde para desahogarse torrencialmente sobre vías sin alcantarillas, edificios, motos, bicicletas y transeúntes. Lo inundan todo.


Sabiendo esto, aun hay personas como yo que seguimos saliendo sin paraguas y haciendo planes, como quien cierra los ojos para no ver los monstruos, como quien cree que ignorar un problema es la fórmula perfecta para hacer que desaparezca.


Como yo, estoy convencida de que hay muchos allá afuera.


Hace ya meses que no me sentaba a escribir de esta manera; piano de fondo, un chai o un tinto a la mano, este corazón nostálgico y un trancón de ideas que me impiden escoger de lo que quiero hablar. Tantas cosas por decir, tanto aún por dejar de ignorar.


Empezaré por mi más reciente autodiagnóstico; la cronopatía. Cronos de tiempo, patía de enfermedad. Los síntomas más frecuentes son la prisa, el deseo de aprovechar cada minuto del día haciendo cosas productivas, una sensación de inutilidad al descansar y un frenetismo agotador que termina por romper a cualquier persona que lo padezca.


Sigo convencida. Como yo, hay muchos allá afuera.


Fueron los síntomas lo que me hicieron notar que algo no estaba bien. No era posible vivir la vida así. Mi cuerpo simplemente ya no me respondía, las cosas que solía disfrutar dejaron de interesarme, el cansancio lo absorbía todo.


Como haría cualquier persona sensata cuando se siente mal, fui al médico. Uno no muy tradicional. La segunda pregunta que me hizo después de preguntar el motivo de mi consulta fue que si era feliz. Le respondí que sí. Me miró fijamente y me pidió que lo convenciera. Nunca pensé que tendría que convencer a alguien de que era feliz. Tampoco creo que lo hice.


Después de un par de preguntas más y unos cuantos minutos de silencio mientras examinaba mis ojos, mi garganta y mi corazón, así siguió la conversación:


- ¿Le gusta el helado?

- Si, le respondi.

- Y su favorito, ¿Cómo se lo come?, ¿Despacio o rápido?


No entendía a qué venía su pregunta, pero igual le dije:

- Despacio.


Mientras me imaginaba saboreando una cucharada de helado de Amarena, mi favorito.


Me miró unos segundo y me dijó:

- ¿Entonces? Si me dice que es feliz y su vida es como su helado favorito, el cual disfruta, ¿por qué se lo come con tanto afán?, ¿por qué corre tanto? Va a un cuarto de la carrera y ya está agotada.


Lo mire y me salto una risa nerviosa, no supe qué decir. Sus palabras se quedaron en mi mente un par de días.


Gabriela, ¿por qué corres tanto?

Tengo 25 años, he viajado por más de veinte países, emprendido más de tres veces, vivido fuera de mi casa en dos ocasiones, escrito un libro, terminado una carrera y una maestría. Quizás he logrado hacer cosas que más de la mitad de las personas de mi país con el doble de edad no han hecho. Soy una afortunada. En ningún momento osaría ser desagradecida con el privilegio y las oportunidades que se me han dado para ser quien soy pero tampoco puedo evitar preguntarme, todo lo anterior, ¿para qué?


No son los sellos en el pasaporte, la experiencia laboral que pongo en mi hoja de vida, las fotos de mi Instagram, los diplomas o las palabras de orgullo que llenan la boca de mis papás al presumirme, lo primero que se me pasa por la mente cuando pienso en el sentido de todo lo anterior.


Son las personas; con las que hablé y las que sin hablar me dijeron tanto. Son los momentos; esos en los que tuve miedo, en los que no me sentí capaz, también, esos en los que sentí que nadie en el mundo podía ser más feliz, en los que desbloquee emociones inimaginadas y llegue a pensar que si inesperadamente llegaba la muerte, no me sentiría intranquila de recibirla porque habría vivido lo que quería. Son las conversaciones; esas en las que cambiamos el mundo, en las que lloramos de la risa, esas difíciles que no imaginamos jamás llegar a tener. Son los aprendizajes y los conocimientos(que ojo, no son la misma cosa); esos que me hicieron explotar la cabeza, que me elevaron la mirada e hicieron morada en el corazón, esos que me hicieron descubrir lo fascinante, contradictorio y complejo que es el ser humano y despertaron en mí ese deseo de no parar de conocerlo.


Es la verdad, la belleza y la bondad.


En resumen, ¿qué es lo esencial lo que se queda tras cada logro y cada fracaso? Eso esencial, cuya cuna es la paciencia, la espera, la calma, la escucha, el silencio y la ternura. Eso esencial, que no ocurre entre prisas y afanes. Eso esencial, que poco le importan las matemáticas porque se ocupa más en amar que en contar.


Es lo esencial, lo único que me llevaré y lo único que dejaré. Entonces, ¿En qué momento me apunte en esta carrera?, ¿Por qué tanto correr?


No lo sé. No tengo la respuesta correcta pero intuyo que en algún punto de mi vida, de forma más o menos consciente, decidí saltar o dejarme ir en el remolino frenético al que con fuerza nos empuja el mundo actual, en esa sociedad en la que con razón Byung-Chul Han llama la sociedad del cansancio. Esta sociedad en la que el esclavo y el verdugo son la misma persona, en la que “ser una máquina” es un halago, en la que se admira más al que produce que al que ama.


Hay momentos en la vida en que las conversaciones difíciles se tienen con uno mismo y hoy es un día de esos. De esos en los que se decide y se parte la vida en dos.


Ya es la una de la tarde, la lluvia con fuerza y puntualidad han venido a acompañar. Gabriela, ¿Cuál es la vida que quieres vivir?, ¿Cómo la quieres vivir?


Sé cómo quiero vivir: amando. Sé cómo quiero hablar: dando fruto. Sé con qué me quiero quedar: lo esencial.

Entonces, sé cómo es la vida que no quiero vivir. No quiero vivir en un bucle de velocidad y sin sentido en el que me mido a mi misma y a los demás por lo que hacen y no por quienes son. No quiero vivir llevada por la corriente de un mundo insaciable en el que siempre es necesario algo más y nada es suficiente. No quiero que los pendientes sean más importantes que las personas. No quiero seguir el libreto de una vida prefabricada que solo alimenta un sistema que termina por rompernos a todos.


Quiero más dirección que velocidad.

Quiero más conexión que productividad.

Quiero más calidad que cantidad.

Quiero más sorpresas que planes.

Quiero más soltar que controlar.

Quiero más libertad.


Quiero saborear cada cucharada de este helado que es mi vida, sin prisa, con los ojos cerrados y una buena compañía.


 

Saborear la vida | Zipacón, Cundinamarca - 2022

Para los curiosos:

Así viví el fin de semana siguiente a esa difícil pero necesaria conversación que tuve conmigo misma: saboreando la vida.


De fondo una montaña cubierta de niebla, el sonido de una cascada. Más de fondo, mis pensamientos más "productivos" enfrentaban una guerra campal contra mi tiempo de descanso. Ganó el segundo.


Libro: La transformación de la mente moderna - Jonathan Haid y Greg Lukianoff.



bottom of page