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  • Foto del escritorBriela

Vita contemplativa y espacio interior

Después de vivir un 2022 agitado y hasta abrumador, decidí recibir el 2023 con el clásico detox que todos sabemos que debemos hacer y a veces terminamos procrastinando hasta el año siguiente: ordene mi closet, las carpetas de mis notas, mi bandeja de correo, grupos de Whatsapp, etc.


Todo en orden. Tanto, que da hasta emoción verlo, aunque sea durante los primeros días. Tener ordenado el espacio exterior ayuda, pero no es suficiente. Aún no ha salido Marie Kondo a explicar en Netflix cómo ordenar el espacio interior, así que me lanzó con mi intuición a intentarlo empíricamente. Me acompaña una pista: la sencillez.


Un gran amigo, en la dedicatoria de uno de sus libros, me escribió: “Es sencillo ser feliz, lo difícil es ser sencillo” Me pareció linda e instagrameable.

Hasta ahora, queriendo vivir la sencillez, entiendo realmente el mensaje.




Es verdaderamente difícil ser sencillo en un mundo en el que nos han enseñado a complicarnos tanto, en el que nos han hecho creer que entre más tengamos y hagamos, más felices seremos y más sentido tendremos ¡Pero qué mentira más grande! A veces tenemos tanto y hacemos tanto, que poco tiempo nos queda para darnos cuenta de que quizás ya estamos siendo felices y seguimos corriendo a una velocidad frenética como ratones en una rueda para perseguir esa anhelada felicidad que se nos escurre entre las manos porque no nos detenemos a contemplarla, a disfrutarla, a vivirla.


Una de las decisiones que tomé para empezar a vivir la sencillez fue el priorizar los proyectos a los que más tiempo y energía les dedicaría este año, el no tener que pensar en tantas cosas al mismo tiempo definitivamente me liberó espacio interior. Sin embargo, sentía que aún había cosas que no estaban en su lugar, entonces empecé con dos amigas el reto de dejar por 30 días las redes sociales, las compras innecesarias, los dulces y el alcohol. A cambio, adquirimos el hábito de mover el cuerpo con el ejercicio que a cada una más le gustará de forma diaria, además de destinar un tiempo de meditación con un libro espiritual y el vernos semanalmente para compartir cómo lo íbamos llevando. No hemos terminado los 30 días y los aprendizajes ya son grandes y los beneficios, ¡ni se digan!


Sin redes sociales resulta mucho más fácil escoger con qué tipo de contenido quiero alimentar mi mundo interior. El buscar intencionalmente más espacios de silencio me ha desconectado de la hiperestimulación a la que estaba expuesta para conectar más conmigo misma y con los demás. Ahora resulta que no es el tiempo el que me pierde a mi, absorta entre tantas cosas que por inercia hacía, sino soy yo la que decide sanamente “perder el tiempo” para ganar vida, mucha vida.


Byung-Chul Han en su libro “El aroma del tiempo”, describe muy bien el vertiginoso ritmo que llevamos los hombres y mujeres de este siglo y afirma que tiene mucho que ver con ese afán nuestro de dotarnos de significado a través de lo que hacemos. Idea equivocada. No es lo que hacemos lo que nos da significado sino quienes somos, cuestión que entre el ajetreo y las prisas no nos detenemos a descubrir.


“Solo el ser da lugar al demorarse, porque está y permanece. La época de las prisas y la aceleración es, por tanto, una época del olvido del ser

Enero ha sido el mes para volver al ser, para detenerse, para renunciar a aquello que no es esencial y descubrir la fuerza inagotable de lo sencillo, del sentido que se esconde en la demora y el sosiego, de la belleza y la verdad que se goza en la vida contemplativa. Decía Aristoteles que la mayor felicidad brota justamente del contemplar demoradamente estas dos últimas. Voy comprobándolo, mientras incursionó poco a poco en el arte de transitar con equilibrio por la vida activa y la contemplativa.


 

Encontré esta foto que tomé el verano pasado en Italia, me demoré en ella y descubrí que detrás de los libros y en medio del paisaje, se escondía un beso.


Capturar el beso nunca fue intencional.


Cuando te regalas el lujo de detenerte en las cosas y saborearlas, sucede esto; se hace evidente la belleza que siempre está y entre las prisas no notamos.


La vita contemplativa sin acción está ciega. La vita activa sin contemplación está vacía. - Byung-Chul Han

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